La evolución del teatro de títeres en Argentina está estrechamente ligada a los flujos migratorios que marcaron la nación argentina desde sus orígenes y a los intercambios culturales y sociales que los acompañaron. Este proceso original nació en el siglo xviii.

El siglo XVIII

En 1757, se creó el primer teatro fijo en Buenos Aires, el Teatro Óperas y Comedias. Pedro Aguiar, zapatero de origen español, aportó los fondos necesarios y el italiano Domingo Saccomano, músico (flautista) y titiritero instaló una máquina real para montar óperas con una serie de grandes títeres de vara a la cabeza y de hilos que estuvieron muy de moda en España a partir del siglo xvii. Como empresarios del espectáculo, Aguiar y Saccomano fueron los primeros en contratar artistas. De esta manera, trajeron de Río de Janeiro al volatinero y equilibrista Blas Ladro Arganda y Martínez, originario de Valencia (España), primer volatinero que actuó en Buenos Aires, en la Plaza Mayor, entre 1757 y 1759. En 1758, otro artista español, el equilibrista Antonio Verdum, hizo su aparición tras haber pasado por Perú. Después de Santa Fe, actuó en Buenos Aires durante tres meses y marchó de gira por Brasil para volver tres años después. A partir de 1760 los espectáculos se sucedieron. En 1776, fue presentado en Buenos Aires Joaquín Duarte, volatinero, malabarista, acróbata y prestidigitador. El 30 de noviembre de 1783 fue inaugurada la Casa de Comedias de Buenos Aires, conocida popularmente como Teatro de la Ranchería. Sobre su escenario se exhibieron todo tipo de saltimbanquis, bailarines, cantantes y titiriteros durante casi una década, hasta la noche del 15 de agosto de 1792, cuando un incendio destruyó el teatro. Entre sus artistas cabe mencionar al titiritero Joaquín Olaez y Gacitúa, que el 21 de marzo de 1791 pidió la autorización para presentar un espectáculo y en este documento se utilizó por primera vez en el país la palabra «títere». En 1792 y 1793, se presentaron los espectáculos de Olaez en la plaza de toros del barrio porteño de Monserrat. Después, emprendió una gran gira por las ciudades del interior del país, primero, y después, por el extranjero, lo que le llevó hasta Río de Janeiro. Regresó en 1799, fecha en la que contrató al volatinero madrileño Diego Martínez, así como a José Castro, y continuó su gira con ellos por Chile. Tras pasar por muchas ciudades, llegaron a Santiago en 1802. Otro volatinero de origen italiano, Francesco Orsi, efectuó en 1795 con su compañía una docena de representaciones en la plaza de toros de Monserrat.

El siglo XIX 

El titiritero más citado de esta época es sin duda José Cortés, apodado «el Romano» y conocido también por ser el hijo de Antonio Cortés, apodado “el Húngaro”, un volatinero reputado en toda la península ibérica. Salió de Madrid en 1780, pasando por Galicia, Portugal, Canarias y Chile en 1802, hasta su llegada a Buenos Aires en 1804, donde en 1808 intentó obtener una autorización para abrir una Casa Bolatin (sala de teatro). El mismo año 1804, obtuvo un papel y cantó en la compañía que inauguró el primer Teatro Coliseo en Buenos Aires. En 1806 presentó sus sombras chinescas durante el periodo de cuaresma antes de alquilar la sala para actuar con sus títeres. En 1808, abre su Teatro del Sol, en el que ofreció espectáculos de títeres, de danza, de canto y de pantomima. Sin embargo, a poco más de un mes de su apertura, las autoridades municipales ordenaron el cierre del local por indecencia pública. Cortés empezó entonces una gira por Brasil, terminando la temporada en la corte de Río de Janeiro. A partir de ese momento se le perdió la pista. Entre los demás volatineros de la época que pasaron por Buenos Aires, cabe mencionar a Manuel Olabarrieta, de origen vasco, o a Gerónimo Cristóbal Colón (que decía descender de su ilustre homónimo) y Asencio Duardo, compañero de José Cortés durante su última gira por Brasil. En 1810, durante la etapa decisiva del movimiento de independencia con la deposición del virrey, gran cantidad de artistas se alejaron del país, pero los que provenían de otras latitudes continuaron sus giras. En la cuaresma de 1820 tuvo lugar un espectáculo de autómatas llamado Teatro Romano. Un Teatro de Títeres o Autómatas actuó en la Fonda de Comercio el 31 de mayo de 1824. Finalmente, durante las fiestas de mayo de 1825, en conmemoración de la revolución del 25 de mayo de 1810, Joaquín Pérez pudo presentar un cosmorama con su caja de Titirimundo. Fue también en esta época cuando se desarrolló el circo en Buenos Aires. El británico Francis Bradley actuó entre 1820 y 1826, mientras que la compañía de José Chiarini, que había desembarcado en 1829, presentó su espectáculo en el Coliseo. A principios de los años 1830 se hacían representaciones de títeres en una pequeña sala rodeada de jardines llamada El Anfiteatro. Allí dieron conciertos el matrimonio Luis y Teresa Smolzi, cantantes líricos italianos, que cantaban detrás del telón, mientras los titiriteros interpretaban con sus títeres las escenas de El barbero de Sevilla de Gioacchino Rossini, entre otras obras de moda en esa época. En el plano estético, con la aparición del romanticismo, se asistió (como en Europa) a una revalorización de las expresiones populares y hacia 1880 se instauró en Buenos Aires, en una tienda situada en la esquina que forman las calles Libertad y Cangallo, el segundo teatro de títeres fijo, el Teatro del Recreo, bajo la dirección del italiano Pedro Baldizone. Su personaje Mosquito se volvió muy popular, pero, con la muerte de este titiritero, el teatro cerró sus puertas para siempre.

El paso al siglo XX

A comienzos de siglo, Argentina acogió una nueva oleada de inmigración, especialmente proveniente de España y de Italia. Entre estos emigrantes figuraba el genovés Santiago Verzura, acompañado de su familia y sus títeres. Conocido con el sobrenombre de Eureja, fundó un teatro también llamado “del Recreo” y, con su compañía, constituida por inmigrantes italianos, actuó en diferentes barrios de la cuidad. En 1893, montaron su carpa en el barrio San Cristóbal (Calles Alsina y Matheu). Su repertorio comprendía grandes clásicos, como Don Juan Tenorio de José Zorrilla, así como otras obras menos conocidas como Los millones del Diablo; Pascual Bruno, el bandido; El recluta; así como trabajos de su propia creación. Dante Verzura sucedió a su padre a cargo del teatro del Jardín zoológico de Buenos Aires durante treinta años, hasta 1926, y resucitó el personaje de Mosquito. En cuanto a Vito Cantone, italiano de Catania, era hijo del puparo (titiritero de pupi) Giovanni Cantone y de Nazarena Crimi, ésta, a su vez, hija del famoso puparo Gaetano Crimi (1807-1887). En 1895, creó los Títeres Sicilia, con los que realizó sus representaciones en Buenos Aires hasta 1911; en ellas participaba su madre como cantante y pianista. Fabricaba sus pupi al estilo de Catania (más grandes que los títeres típicos de Palermo) y sus personajes más reputados eran Rinaldo de Montalbán, Ruggiero del Águila, Blanca, Orlando, Clodomiro, los Paladines de Francia y Carlomagno. Más tarde, un buen día, Vito Cantone, cansado de trámites administrativos, cerró su teatro y tras dedicarse a otras actividades infructuosas, regresó a Italia en 1911, donde permaneció doce años. Pero, como sus recuerdos, sus amigos y su familia se quedaron en Buenos Aires, volvió en 1923. Entonces retomó sus espectáculos de pupi que, finalmente, se saldaron con un fracaso. Entre 1895 y 1920 otros muchos italianos, la mayoría de ellos sicilianos y pupari, actuaron en Buenos Aires, en particular en el popular y portuario barrio de La Boca, donde se instalaron muchos de sus compatriotas. Entre estos, son dignos de mencionar José Costanzo Grassi, José Macarigno, Carmelo Nicostra, Leonardo Maccheroni, Achille Greco (entre 1890 y 1918), Luigi Canino (de 1918 a 1928) y, sobre todo, Agrippino (Papa) Manteo (1883-1947), nacido en Catania e instalado en Argentina en 1896 y cuyo teatro de títeres en Buenos Aires y después en Mendoza se convirtió en un lugar muy frecuentado por la comunidad italiana de la ciudad. También es necesario nombrar a Carolina Ligotti y a Sebastián Terranova, también pupari al estilo de Palermo, ciudad de la que eran oriundos. La pareja, que se había conocido y casado en São Paulo, había recorrido Brasil con sus títeres entre 1898 y 1910. En La Boca crearon, junto con Camilo Udine, el Teatro de Títeres San Carlino y presentaron su repertorio, que incluía obras como La historia del emperador Carlomagno y de los doce pares de Francia y Las aventuras de Orlando y Rinaldo. Durante estas últimas décadas del siglo xix y la primera del siglo xx, además de los pupi sicilianos, surgieron otros géneros de títeres en Buenos Aires. Así, en 1884 se fundó el circo ítalo-americano de los hermanos Di Carlo con el clown británico Frank Brown (fallecido en Buenos Aires en 1943), que recurría a los títeres en sus números; en 1887 se pudieron ver los London Fantoches y los Fantoches de Thomas Holden en Buenos Aires, y en 1889, los reputados títeres de los hermanos Brandi, con espléndidas representaciones como la de El diluvio universal. Por último, la Compagnia Marionette Lupi de Turmi, de Luigi Lupi, se estrenó del mismo modo en 1903, en el Teatro Alhambra.

El siglo XX

En 1922, el Teatro dei Piccoli de Vittorio Podrecca, compañía de títeres italiana, visitó Argentina por primera vez y representaron La bella durmiente en el Teatro nacional Cervantes. Años más tarde, Vittorio Podrecca regresó a Argentina para establecerse entre 1936 y 1951. Recorrió el país y parte de América Latina al frente de una compañía que contaba con 1200 títeres, 30 artistas y técnicos, 400 decorados y  2000 trajes. Con ellos presentó Mamá oca de Maurice Ravel, Pedro y el Lobo de Sergéi Prokófiev, La Boîte à joujoux (La caja de juguetes) de Claude Debussy y Commedia dell’arte, entre otros muchos espectáculos. También en los años 1930 comenzó la carrera de Javier Villafañe (1910-1996) y de su “compañía” La Andariega (ver Uruguay), que duró más de sesenta años.

A estos acontecimientos hay que añadir la estancia en Buenos Aires de Federico García Lorca entre octubre de 1933 y abril de 1934. Durante una velada memorable, el 24 de marzo de 1934, en vísperas de su vuelta a España, organizó un espectáculo con sus “títeres de cachiporra” en el vestíbulo del teatro Avenida, después de la representación de su tragedia Bodas de sangre. En el programa de este espectáculo de títeres figuraban Las Euménides de Esquilo, un entremés de Cervantes y El retablillo de Don Cristóbal. El paso de García Lorca por Buenos Aires también tuvo mucho eco en el ambiente intelectual y artístico local. Javier Villafañe, que entonces tenía veinticuatro años, se reunió con él para conversar en tres ocasiones. Otros artistas plásticos, actores, músicos y escritores encontraron en sus espectáculos la fuente de una nueva vocación: así fue claramente para la titiritera Mané Bernardo. A partir de la década de 1940, el teatro de títeres argentino conoció un nuevo auge con, además de Javier Villafañe y Mané Bernardo, los gemelos Héctor y Eduardo Di Mauro (Córdoba, Argentina,1928- Guanaré, Venezuela, 2014) y su compañía La pareja, a partir de 1947; Ariel Bufano; Cesar López Ocón, qué fundó en 1942 la compañía Trocacaminos con su hermano Eduardo y con Otto Freitas; Juan Enrique Acuña; sin olvidarnos de Héctor Álvarez d’Abórmida. Bajo la influencia de García Lorca y de sus títeres de cachiporra, algunos eligieron los títeres de guante, que predominaron en los años 1940. Pero la visita de los Piccoli de Podrecca popularizó igualmente la marioneta de hilo. En los años 1950, cabe destacar la compañía de Horacio Casais y Herman Koncke, conocida con el nombre de Títeres de Horacio (1950), que viajó por Argentina, Uruguay y Brasil, antes de establecerse en Madrid, al igual que Ramón Lerma Araujo y sus Títeres de Buenos Aires (1955). También en 1950, el pintor Amadeo Dell’Aqua fundó las Marionetas Dell’Aqua. De esta misma década datan el Teatro Mágico de Marionetas, dirigido durante muchos años por Leonidas Miviè, creador de muñecos realizados con mucha finura; así como Los Automatines de José Minelli, en Jesús María (provincia de Córdoba, Argentina), o Las Marionetas de Toto Maidana en Resistencia (Chaco). Por último, en la ciudad de Mendoza, en 1959, se creó el MAM-Teatro de Marionetas, con Miguel Antonio March como director.

La escena contemporánea

Siguiendo los pasos de Ariel Bufano, creador del Grupo de Titiriteros del Teatro municipal general San Martín (TMGSM) en 1978 y cuyo trabajo lo continúa activamente hoy en día Adelaida Mangani, la escena argentina se enriquece a partir de mediados de los años 1970 con numerosos grupos de artistas, como Títeres del Triángulo (ver Taller de Títeres Triangulo, fundado en Caracas en 1973), Asomados y Escondidos (1979) de Silvina Reinaudi y Rolly Serrano o el Grupo NUMA (1979). Este movimiento se intensificó a partir de los años 1980 con Viento Sur (1982), El Teatro de la Plaza (1983), La Mancha (1984), el Grupo Libertablas (1985), Diablomundo (1985), Títeres Harapo (1986), Títeres del Tranvía (1988) y con titiriteros como Carlos Martínez, Tito Lorefice, Rafael Curci o, más próximos al teatro de objetos, con compañías teatrales como el Periférico de Objetos (1989). Asimismo, es digno de mención el papel que desempeñó el Centro Nacional de Documentación e Información sobre Títeres (CENADIT) desde su creación en Santa Fe en 1986 por Oscar Caamaño, y el Instituto argentino del títere (también creado por Oscar Caamaño en 1996) en la difusión, en colaboración con la UNIMA, del arte del títere y en la formación de titiriteros.

(Véase Alcides Moreno y Periférico de Objetos.)

Bibliografía

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  • Castagnino, Raúl H. El circo criollo. Datos y documentos para su historia. 1757-1924. Buenos Aires: Editorial Lajouane, 1953.
  • Klein, Teodoro. El actor en el Río de la Plata. De la colonia a la independencia nacional. Buenos Aires: Edición Asociación Argentina de Actores, 1984.
  • Pasqualino, Antonio. L’opera dei pupi. Palermo: Sellerio Editore, 1977.
  • Petriella, Dionisio. Los Italianos en la historia de la Cultura Argentina. Buenos Aires: Asociación Dante Alighieri, 1979.
  • Seibel, Beatriz. Historia del Circo. Buenos Aires: Ediciones del Sol, 1993.
  • Seibel, Beatriz. Historia del teatro argentino. Desde los rituales hasta 1930. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2002.
  • Varey, John Earl. Historia de los títeres en España (Desde sus orígenes hasta mediados del Siglo XVIII). Madrid: Revista de Occidente, 1957.