Como en otros países de América latina, los artes escénicas fueron marcadas por la doble huella de un teatro popular, mezclando culturas prehispánicas y tradición española de origen medieval, y de un “arte cultivado” fuertemente marcado por la imitación de la dramaturgia ibérica del siglo XIX. Si apartamos el güegüense, espectáculo particular de mimo y de baile (“comedia maestra” como lo llamaba José Martí), el primero ofreció obras anónimas mestizas y apoyadas por los misioneros desde la conquista, mientras que el segundo permitió a los primeros autores nacionales expresarse. El encuentro entre cultura india y española provocó la creación de nuevas formas de expresión artística en la música, el teatro, el circo e incluso en la lengua.

El escenario teatral en los siglos xix y xx

En el siglo XIX, el entretenimiento favorito de los niños nicaragüenses era escuchar los cuentos del camino que los adultos les contaban en los campos. Asimismo, les gustaba seguir las aventuras de Tío Coyote y Tío Conejo, personajes famosos en América Central que encontramos en el teatro de títeres. En literatura, cabe señalar el papel que desempeñó el famoso poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), origen del movimiento modernista en América latina y de la poesía moderna en castellano. Si el Poema del otoño (1910) dedicado a Margarita Debayle es un modelo de cuento versificado y teatralizado, podemos también encontrar en su obra para niños otros textos escritos para el teatro y para los títeres. Mientras era cónsul general de Colombia en Buenos Aires, Rubén Darío conoció al payaso británico Frank Brown (1858-1948). Se hicieron amigos y aparece en su autobiografía. Este payaso, acróbata y titiritero tuvo éxito en Argentina, sobre todo, con los niños.

Además, podemos encontrar en el Movimiento literario vanguardista, nacido en Granada a principios de los años 1930, los gérmenes de una renovación de las artes escénicas en Nicaragua. Efectivamente, en su primer manifiesto publicado en 1931, sus signatarios anunciaban que abrían “en cualquier plaza, escenario o barraca, un pequeño teatro en el que presentarían obras de teatro moderno, extranjero, unos autos misterios, ballets, coloquios, pastorelas y todo tipo de escenarios para actores y títeres, del teatro colonial y del teatro popular”. De este modo, Antonio Cuadra creó el Pequeño Teatro Lope en el patio de la Casa de los antiguos alumnos del colegio de América Central en 1935. Los artistas vanguardistas, que estudiaron en esta institución dirigida por los jesuitas, presentaron por lo tanto adaptaciones del teatro clásico, entremeses medievales, mientras que descubrían obras típicamente nicaragüenses como el güegüense. Más literario que folclórico, el güegüense o El Macho Ratón es una representación teatral satírica cuyos orígenes datan de la época precolombina y que muestra mediante bailes, disfraces, máscaras y cantos de qué forma los nicaragüenses podían burlarse del español y engañar al conquistador orgulloso. Esta tradición fue reintegrada a la cultura popular mediante un espectáculo como La gigantona y el enano cabezón durante las famosas procesiones de cabezudos. Estos últimos están muy arraigados en el teatro popular nicaragüense y en las fiestas a las que siguen acudiendo hoy en día la población, cada año, en particular en la región de León.

En los años 1940, el arte del títere tendió a confundirse con el teatro de calle y el circo antes de renacer en los años 1970 con la presencia de Mucris y su personaje Negrito Chocolate. Durante la década siguiente, el teatro de títeres nicaragüense se enriqueció con las contribuciones y creaciones del Teatro Estudio de la Universidad Centroamericana (TEUCA) dirigido por Mario González Gramajo. Éste se ilustró en 1976-1978, tras una adaptación destacada de Cenicientas de Charles Perrault en 1967, por la dirección de varias obras para niños del escrito nicaragüense Octavio Robledo, como La gallina ciega, Un jardín para ser feliz o Dormite niñito de Salvador Cardenal Argüello. Cabe también mencionar el trabajo del Centro escolar Leonor García de Estrada que presentó en 1977, en el Teatro nacional Rubén Darío, La pájara pinta, obra escrita y dirigida por Floricel de Rivas Arauz.

Los títeres después de la Revolución

Tras la revolución sandinista de 1979, se creó un Ministerio de Cultura con un departamento exclusivamente dedicado al teatro de títeres. La compañía Guachipilín, fundada en 1981 por Fernando Gonzalo Cuellar, es característica de la época. Más tarde se crearon el conjunto Traca-Traca dirigido por Mario Martínez, la compañía *Zigzag de Roberto Barberena, el teatro escolar de los títeres Masayá, la compañía Sonrisas animada por Diana Brooks y la Compañía Nacional de Teatro de Títeres.

Bibliografía

  • Arellano, Jorge Eduardo. “Los altibajos de una tradición”. En Un siglo de teatro en escenarios de dos mundos. Inventario teatral de Iberoamérica. Madrid: Centro de documentación teatral, 1988.
  • Calderón, José Manuel, ed. Rubén Darío para niños. Ilustraciones de Rafael Contento. Madrid: Ediciones de la Torre, 1988.
  • Darío, Rubén. Margarita. Ilustraciones de Monika Doppert. Santiago de Chile: Editorial Pehuén, 1990.