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Carnaval

País

El carnaval es una fiesta colectiva donde la población de una ciudad, de un pueblo, hace desfilar una figura, una efigie que, al final, es matada simbólicamente. Otras efigies, títeres gigantes, participan en el desfile sobre carrozas. Ligado a los cultos antiguos, el carnaval tiene lugar a comienzos de primavera (raramente en el solsticio de invierno o en otras fechas) en un momento crucial del ciclo del año cuando se levanta la prohibición de entrar en contacto con los muertos. Implica travestismo y disfraz y permite al participante enmascarado transformarse temporalmente en otro individuo y así cambiar de identidad. Llevar una máscara significa pertenecer momentáneamente a un mundo al revés donde, con la máscara, los muertos y los vivos se confunden. Los antiguos cultos paganos que se expresaban a través del carnaval estaban centrados en la figura de la divinidad desconocida; más tarde fueron sustituidos por un títere repugnante. Podemos incluso conjeturar que la fealdad del títere era el resultado de un “mecanismo de denigración” que invirtió las divinidades del antiguo panteón, las cuales, más adelante, podían (debían) ser profanadas.
En la antigüedad, el carnaval permitía romper con las normas sociales y ofrecía la posibilidad de un comportamiento nuevo basado en la ausencia de jerarquía, esto es, basado en la oposición al orden establecido, y que permitía una familiaridad que en otras circunstancias estaba prohibida en las relaciones humanas. Una creencia popular vincula los carnavales europeos a la fiesta romana de la primavera, por lo menos en los países latinos. El 14 de marzo de cada año, el viejo Marte era expulsado de Roma a bastonazos o su imagen era arrojada al Tíber. El 15 de marzo, la imagen de Anna Perenna, una divinidad etrusca de la Luna, que no tenía sitio en el panteón romano, también se ahogaba. Ovidio describe la procesión hacia el Tíber como una marcha desordenada de mujeres ebrias. Algunos investigadores señalan, por otro lado, la posible relación entre el carnaval y las saturnales. Sea como fuere, se trata de una fiesta ligada a ritos agrarios, al renacimiento de la naturaleza y a los rituales de purificación cuyo momento crucial llegaba con el incendio de los campos.

Cambio de sentido e inversión de papeles

El origen del nombre de carnaval resulta controvertido: algunos lo asocial al carrus navalis, que designa un carro en forma de navío utilizado en los ritos de purificación, otros piensan más en la alteración de carnem levare (eliminar la carne), expresión que refleja la abstinencia, si bien el término carnaval ha acabado por designar lo contrario, la fiesta de la glotonería. En Francia, el término ha reemplazado el de carême prenant, que designaba los tres días precedentes a la cuaresma, en los que estaba autorizado consumir carne. Por otra parte, el carnaval se ha hecho popular sobre todo en los países católicos, donde las figuras y títeres pueden ser considerados formas corrompidas de estatuas de santos que se sacan en las procesiones los días de fiesta religiosa. En los países protestantes, la fiesta era más modesta y se celebraba sin títeres, por ejemplo en los Países Bajos. Por regla general, el carnaval era la fiesta de todo tipo de excesos: la comida era abundante y grasa, el vino corría libremente, la frivolidad lo inundaba todo. Estos personajes se hacían visibles en forma de efigies de una fealdad acentuada y una gran tripa fruto de la glotonería. En algunos países, esta opulencia se representaba con un títere enorme. El títere de carnaval conservó así algunos rasgos asociados a las nociones de fertilidad o de plenitud. Este desprecio a la norma se encuentra en la expresión de las emociones: la multitud ríe ruidosamente con la aparición del títere y llora su muerte con la misma ostentación, mientras que los que lo acompañan o manipulan llevan máscaras grotescas y ennegrecen su figura con hollín, para que así el disfraz se convierta en la esencia del carnaval.

La figura central y la procesión

La enorme figura de carnaval tiene diversos nombres: se le puede llamar simplemente Carnaval como en el mundo romano, Chuchelo (bonachón de paja) o Sudarynya Maslenitsa (Señora de los Días Grasos) en Rusia, pero siempre es fea y ridícula para hacer reír y al mismo tiempo asustar; habitualmente, su dimensión excede la de otros títeres. En Francia, estas figuras se parecían a enormes “fantasmas”; en el País Vasco, los títeres gigantes desfilaban a la cabeza de las procesiones, mientras que en el resto de España, también eran grandes y muy gordos. En Francia, la figura con enorme panza llamada Carnaval pero también Pansard y Carapazi encarnaba el carnaval; los eslavos del sur de Europa vertían vino en la garganta abierta de la muñeca gigante que contenía un recipiente, mientras que en Rusia, en la región de Kaluga, la “Señora de los Días Grasos” blandía una botella de vodka y un pastel.
Sin embargo, se constata una gran diversidad de criaturas antropomorfas. El elemento básico ya no es un títere sino una efigie ordinaria. En Ucrania por ejemplo, se utilizaba una bota de paja, anudada a una de las puntas, que se blandía hacia el sol y se lanzaba al fuego para simular un sacrificio (humano al principio y, después, reemplazado por el del títere). En la región de Moscú, se desarrolló una etapa hacia un verdadero títere con la confección de un ramillete de paja envuelto con un vestido de mujer. Después se fabricó un saco relleno de paja para así transformarlo en una especie de bonachón o de maniquí, forma que se puede encontrar, por ejemplo, en Tiumen, en Siberia o en los Abruzzos en Italia. Su popularidad se explica con su simplicidad, su apariencia expresa bien el significado que se le quiere dar: una criatura llena de comida, reemplazada aquí con paja. Se encuentran otros “títeres” similares hechos de simples ramos de paja atados con trapos en Silesia, en Suiza, y en Rusia.
Igual que el cuerpo, los rasgos de la cara eran toscos y primitivos: se utilizaba hollín para sugerir una cara. Sin embargo, en los carnavales más desarrollados, el títere llevaba una máscara expresiva. Por ejemplo, en Viareggio, en Italia, cuyo carnaval data de comienzos del siglo XX, el gigante, con su enorme nariz y sus dientes pintados de rojo, era un monstruo de aspecto mitológico. Los “fantasmas” de los grandes carnavales en Italia y en España eran a la vez criaturas grotescas y auténticas obras de arte. En Rusia, los títeres eran generalmente de madera, pero a veces estaban hechos de estopa, de cáñamo y de trapos. La apariencia del títere alude a las imágenes de la muerte, del pobre y del chivo expiatorio. El títere iba, de hecho, generalmente vestido con ropas viejas o harapos, para simbolizar el fin de la temporada. En Inglaterra, Jack-a-Lent también iba vestido con harapos, igual que el títere checo llamado Morena (la Muerte). En Campania, en Italia, existe un juego llamado Muerte en Sorrento con dos títeres, uno redondo y rojo con una gran tripa llamado Carnaval, y el otro, una delgada mujer vestida de negro, llamada Cuaresma. Los títeres personificados, como Don Juan en España, son raros y es por ello por lo que despiertan un interés particular. La figura de Don Juan tuvo su lugar en el carnaval por su popularidad, pero también por la temática del adulterio, muy presente, ya que estaba condenado por norma.
El títere de los carnavales era pasivo: no estaba mecanizado, aunque solo fuera toscamente, a excepción de los títeres yugoslavos, que bebían, y del personaje de Garanka, que fumaba en pipa. Obedecía a la multitud que la guiaba, la levantaba y la destruía. Su poder quedaba resaltado especialmente por sus atributos. Un títere inmóvil e inactivo también podía ser investido de un poder activo: así, en los Abruzzos, el “Rey” arengueaba y criticaba a la multitud pecadora.
Cuando estaba preparado, el títere de carnaval se portaba a través de la ciudad o del pueblo, a veces por la única calle principal, con lo que se tenía a mano, sobre grandes carrozas, a veces en forma de barco, en los carnavales más elaborados. Se podían ver tales carrozas en Rusia bajo el reinado de Pedro el Grande y, más tarde, hasta en los pueblos, donde se transportaban en trineos sobre la nieve. En algunos lugares de Alemania, entre los cuales se encuentra Pfalz, los títeres los portaban los hombres, mientras que en Baden se colocaban en ataúdes. Habitualmente, durante el carnaval, un grupo de participantes (después de haberlo fabricado, probablemente), vestían al títere y lo hacían desfilar. Al mismo tiempo y según avanzaba la representación, la actitud hacia la figura evolucionaba desde una alegría desmesurada hasta demostraciones de pena del todo exageradas. Los artesanos enmascarados y habitualmente travestidos se cubrían en ocasiones la cara con hollín. En España, montaban el títere en carretas o carrozas y lo vestían de célebres personajes históricos o de peces, sirenas o bogavantes. A veces, su comportamiento sobrepasaba los límites socialmente aceptables y tomaba un giro impensable fuera del carnaval. Así, en el norte de Rusia (en la región de Arjanguelsk), desnudaban partes de su cuerpo que estaban pintadas de rojo.

El punto culminante: la destrucción del títere

En Europa occidental, el carnaval culminaba con el juicio al títere, como en Murcia en España, o en Italia, donde se emulaba un tribunal de justicia en todos sus detalles. En Inglaterra, el maniquí estaba expuesto a la vista de la multitud. En Francia, el hombre más pobre del pueblo o un marido infiel pillado en delito flagrante de adulterio era “juzgado” en lugar del títere. En Yugoslavia, este juicio “de la cuaresma” incluía un juez, un abogado defensor, un médico y los padres del acusado. Las acusaciones eran más o menos siempre las mismas: glotonería, consumo excesivo de alcohol, adulterio y otros pecados y faltas, con testimonios obtenidos de toda la comunidad. En Rusia, el títere se eliminaba sin juicio alguno, se “ejecutaba” en la plaza pública. Este desenlace estaba considerado como algo natural, sin pedir ninguna explicación o justificación, y la alegría se transformaba en tristeza. Los medios de ejecución eran variados: el títere podía ser ahogado, quemado, hecho pedazos o enterrado. En Francia, se colgaba, mientras que en Yugoslavia, se despedazaba y se dispersaba la paja o se daba al ganado. Los títeres se ahogaban a veces en ríos (Italia) o en agujeros abiertos en el hielo (norte de Rusia). Pero la hoguera fue el medio de ejecución más extendido. Otros métodos se usaban menos: en Pfalz, el títere se arrojaba a un vertedero, mientras que en Mazuria, en Polonia, se desvestía antes de ser quemado. Estos métodos diferentes de ejecución se correspondían con cuatro elementos fundamentales: el fuego, el agua, la tierra y el aire. La muerte del títere estaba acompañada de quejas y lamentaciones rituales. En Yugoslavia, los “padres” se encargaban de esta ceremonia y también existían rituales de iglesia enmascarados. En un pueblo de los alrededores de Sarátov, en la región de Volga, un anciano con harapos se encargaba de quemar el títere. El servicio fúnebre lo ofrecía una mujer vestida de sacerdote, mientras que en Francia, en el siglo XVI, incluso se oficiaba el servicio el Miércoles de Ceniza sobre un enorme “fantasma” introducido en la iglesia hasta la supresión de esta costumbre.
Algunos carnavales tradicionales han llegado hasta nuestros días, como es el caso del de Binche, en Bélgica, el de Basilea, en Suiza, o del de Dunquerque, en Francia. Pero en estas formas antiguas y populares, el carnaval tiene poco en común con los grandes carnavales como los de Niza, Venecia (que se remonta a 1094) y Río de Janeiro, donde la máscara tiene también otro objeto, como el de imitar algunas formas de arte y donde, aun conservando su carácter festivo, han perdido sus elementos originales.
Véase también [lier]títeres gigantes y, en lo que respecta al carnaval africano, Sierra Leona.[/lier]

Bibliografía

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  • Heers, Jacques, Fêtes des fous et carnavals, Paris, Fayard, 1983.
  • Revelard, Michel y Guergana, Kostadinova, Le livre des masques : masques et costumes dans les fêtes et carnavals traditionnels en Europe, Collections du Musée International du Carnaval et du Masque (Binche), Tournai, La renaissance du livre, 1998.