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Sociedad y títeres

País

Como cualquier forma artística, el teatro de títeres puede tomarse como una manifestación, un signo y un reflejo de la situación histórica, cultural y política de una sociedad determinada en un momento dado. Más allá de los elementos particulares de cada cultura, la comparación entre los diferentes usos del títere en los rituales religiosos o sociales pone de manifiesto numerosas analogías. Así, algunos personajes tradicionales sobrepasan su contexto geográfico y cultural, y encontramos, a menudo, las mismas funciones y significados unidos al uso de determinadas técnicas. La cuestión del poder subyace en la relación entre el titiritero manipulador y el títere manipulado. También podríamos percibir el profundo resorte de un arte que representa metafóricamente la condición del hombre en la sociedad, la fragilidad del pobre y del pequeño frente al poderoso y frente a la autoridad que manipula a sus súbditos.

Una notable flexibilidad

En Europa, son muchos los textos y las ilustraciones que muestran lo mucho que el títere solía estar presente en la vida cotidiana o en las festividades y cómo se ha adaptado a los cambios de la sociedad. Así, el teatrino del titiritero aparecía en cuadros y en grabados del siglo XVIII, desde Longhi hasta Tiepolo, como un elemento familiar del decorado, ya sea de una plaza pública, una fiesta, el matrimonio de un príncipe, el carnaval, una feria o, incluso, un convento aristocrático. A lo largo del tiempo, el teatro de títeres ha conseguido expresar las alegrías, los miedos, las inquietudes y los deseos de un público amplio y heterogéneo, reunido al azar por una celebración religiosa o una reunión pública. También ha cumplido una función de información y de divulgación de noticias, de transmisión de valores y de códigos de comportamiento. En este aspecto, basta con pensar en el papel de la saga de los paladines retomada en Sicilia por los pupi. Entretanto, en el siglo XIX, la burguesía hizo del espectáculo de títeres una actuación de salón, dirigida a la diversión, pero, sobre todo, a la educación moral y social de los niños; las plazas y los jardines continuaron siendo durante mucho tiempo los lugares predilectos de los artistas ambulantes, para un público socialmente heterogéneo y cambiante. En Europa, la tradición del teatro de títeres presentaba los arquetipos de la comedia clásica, fuera cual fuera el contexto político, sacando al escenario, bajo diversas formas, la lucha fundamental de los buenos contra los malos, del ingenio contra la necedad, de la vida contra la muerte. En el esquema clásico de las obras para títeres, la solución a todo problema puede ser proporcionada con una reprimenda, una palabrota o una broma, sugiriendo una visión de la vida reducida a esos conflictos, esos temores, esos placeres y a las funciones primarias: la alimentación, el sexo, la muerte y el miedo. El psicoanalista Octave Mannoni ve en el guiñol la expresión de las instancias del ça («eso») – de la profundidad pulsional inconsciente – que permite el libre curso de la liberación a través de algunos personajes cómicos. Puede que ésta sea la razón por la cual personajes tradicionales de países y culturas muy diferentes muestren entre ellos muchos puntos en común; y que, generalmente, no ocurra esto únicamente con los héroes de historias conocidas por todos los habitantes de una región, sino que condensan los valores y los prejuicios (positivos o negativos) que han cimentado el sentimiento de identidad y de pertenencia de toda una comunidad. Sin embargo, en el curso de los dos últimos siglos, la evolución tecnológica ha marcado el teatro de títeres. Por una parte, el viejo teatrino y sus figuras animadas se consideran testigos de una realidad histórica que ya ha pasado, pero que el público tradicional sigue apreciando aunque se enfrente a la competencia de nuevos héroes totalmente diferentes. Por otra, la utilización de las tecnologías virtuales, que ha multiplicado las posibilidades estéticas y visuales del títere tradicional, con efectos a veces sorprendentes, no ha cambiado esencialmente el significado implícito de la relación entre el titiritero y el títere. Se trata de una relación que todavía hoy en día sigue siendo la metáfora de una de las problemáticas más complejas que presenta la sociedad contemporánea. A esto se añade el hecho de que esta forma teatral específica sigue siendo utilizada como un medio de transmisión de mensajes o de una enseñanza, más o menos explícita, de carácter político, educativo o religioso (véase Educación y propaganda). Si damos por hecho que los espectáculos de títeres están dirigidos especialmente a los niños, el títere representa una ocasión de diversión, es verdad, pero es también un instrumento de educación y de ejemplo moral, tal y como lo ilustra la historia de Pinocho: la rebeldía es admisible pero tiene que estar canalizada y controlada socialmente.
En culturas no europeas, sobre todo asiáticas y africanas, la función ritual y religiosa sigue estando viva, incluso cuando, tanto en estos como en otros lugares, la televisión ha transformado profundamente la función del titiritero, su relación con el público y la composición y la actitud del público infantil. Así, aunque la cultura de la India presenta una de las tradiciones más antiguas y más variadas en este arte, el títere es hoy en día utilizado sobre todo en los programas de televisión y de acción sanitaria y social.
Cuando abandonó las plazas públicas por los salones de la burguesía, el arte del títere cambió. El títere y el fantoche popular, deslenguado y de colores chillones, cedió en parte su sitio al títere refinado que, dirigiéndose a un público burgués, adulto y culto, acabó incorporando aspectos de otras formas de espectáculo. Por otro lado, la atención que las vanguardias artísticas pusieron sobre el títere en relación con el teatro de actores, de la danza o de las artes plásticas, transformaron profundamente la óptica en la que esta forma teatral debía ser finalmente considerada por el público. La grosería de los personajes, un buen ejemplo es Ubu de Alfred Jarry, ha contribuido también a un cambio estético profundo que refleja los propios cambios de la sociedad contemporánea.

La tradición contestataria

Por razón de sus rasgos, considerablemente simbólicos, las figuras del teatro de títeres siempre han estado capacitadas para representar las pasiones del público, y según las situaciones históricas, su simpatía u hostilidad hacia algunos personajes políticos o religiosos, aún a riesgo de desencadenar la ira de las autoridades. Para aguzar la curiosidad y conservar el afecto del público, el titiritero, aunque preocupado por no herir susceptibilidades y siempre listo para coger sus cosas y largarse a todo correr, estaba pronto a soltar alusiones obscenas o relacionadas con la actualidad política y, de esta manera, salpimentar su repertorio tradicional. Estos añadidos tan profanos también se utilizaban en las representaciones religiosas, lo que demuestra cómo el uso satírico del títere siempre ha representado, para esta forma teatral, una oportunidad de ligarse a la actualidad social y política, algo que era garantía de éxito, pero, también, fuente de algunos peligros. Todavía hoy en día, en Francia, el éxito de la emisión Les Guignols de l’info (Las noticias del Guiñol), donde los políticos son machacados por títeres que tienen sus mismos rasgos, muestra la persistencia de esta función satírica, a la vez que su ambigüedad, ya que los políticos ven en esta emisión un indicador de su popularidad y aceptan de buen grado destacar en este programa. Esta tradición satírica y política se manifestó en todo su esplendor a principios del siglo XX con los grupos de agit-prop (agitación y propaganda) y las compañías políticamente comprometidas, como el «Kasperl rouge», en la década de 1920 en Alemania, pero también con el «Kasperle brun», recuperado por los nazis, o incluso con el «Petrouchka rouge» después de la revolución de octubre. También se encuentra este compromiso político en el Bread and Puppet Theater en la década de 1960, que desfiló al lado de los manifestantes contra la guerra de Vietnam, antes de renovar recientemente sus raíces contestatarias a través del espectáculo Insurrection Mass with Funeral March for A Rotten Idea (Masa de insurrección con marcha funeraria por una idea podrida, 2003), contra la intervención estadounidense en Irak. En América latina o en África, encontramos a menudo títeres fuera de los teatros, en los barrios de chabolas, por ejemplo, como lo ilustra la experiencia llevada a cabo por el teatro italiano Le Briciole con niños de Nairobi en el marco de su proyecto Pinocchio noir (Pinocho negro, 2004).

Títeres y terapia

Arte de síntesis, el títere se ha convertido en un medio de mediación privilegiada para entablar – o restablecer – contacto con niños traumatizados o con personas adultas que se encuentran al margen de la sociedad. El títere es ampliamente utilizado con objetivos pedagógicos, sanitarios y de reinserción social o funcional, particularmente en Estados Unidos, Alemania, Hungría, Bélgica, Reino Unido y Suiza. En otros países, como en Sudáfrica, dan preferencia a la prevención, especialmente en materia de lucha contra el sida. En Francia, el interés por el títere en el medio hospitalario se remonta a principios de la década de 1960. En 1978 se constituyó la asociación Marionnette et Thérapie (Títere y Terapia) con extensiones en Bulgaria, Japón, Brasil, Italia, Portugal y Quebec. Esta asociación se ocupa de prácticas de formación específicas para el uso terapéutico del títere: en reeducación de la psicomotricidad, ortofonía, socialización, reinserción (de las drogas, de prisión, etc.) y en todos los campos en los que sus acciones puedan aportar una mejoría a personas con dificultades. Mientras que en Francia la formación se abría ampliamente al psicoanálisis, en otros países, como Japón principalmente, los objetivos principales de este método de terapia eran la reeducación funcional y la reinserción de los discapacitados. Japón destaca en este esfuerzo de integración del discapacitado en la vida cotidiana: Kamifusen-Fresh para las deficiencias motrices y Deaf Puppet Theatre Hitomi para las discapacidades sensoriales, son ejemplos de formas teatrales con propósitos terapéuticos. Actualmente, el teatro de títeres juega dos papeles importantes en el terreno de la terapia y de la reeducación: por una parte, con pacientes afectados por diferentes enfermedades mentales, y, por otra, con pacientes que sufren de enfermedades psicológicas o sensoriales, pero cuya inteligencia es normal. Por otro lado, las reuniones terapéuticas de grupo utilizan el títere como mediación (niños/adultos) en la psiquiatría institucional. Estas reuniones tienen objetivos terapéuticos precisos que son notificados a los pacientes que aceptan esta terapia. Se trata de una verdadera cura cuya finalidad no es el espectáculo. En estas reuniones, parece que la fabricación de un títere es particularmente útil para hacer salir a un paciente de su aislamiento voluntario, inconsciente o reprimido. El terapeuta no debe dar consejos estéticos y debe esperar a ver cómo evoluciona la situación. Esta terapia ayuda al paciente a volver a encontrar su identidad. En este aspecto, el modelado de una cabeza constituye una etapa importante en la terapia, lo mismo que darle un nombre al títere. Le damos un carnet de identidad. Además, se constata que los pacientes consiguen entablar vínculos de amistad, de ayuda y de cortesía los unos con los otros; la idea es que se reconozcan fuera de la reunión y que se llamen por su nombre. Es a través de la identidad como se va a desarrollar el guión, a menudo muy breve, pero que juega un papel de catarsis. El terapeuta tiene que tener una gran paciencia para esperar a que las palabras lleguen; también debe saber gestionar los fenómenos de transferencia y de contratransferencia. Que los pacientes se «familiaricen » con el teatrino requiere una cierta cantidad de tiempo. Cuando se vive en primera persona, uno se da cuenta de que el títere ayuda tanto al psicólogo o psicoanalista como al paciente, cuando no ayuda a los dos al mismo tiempo.
En terapia con niños, el títere puede ser utilizado en un marco individual. Un psicólogo propone un juego con títeres o el paciente escoge por sí mismo y espontáneamente un títere de entre el abanico propuesto por el terapeuta. A veces hacen falta varias sesiones hasta que el niño afronta sus inhibiciones y se atreve a actuar con un títere. No hay que forzarlos, hay que tener paciencia y esperar. Un niño que, a pesar de sus aprehensiones, llega a actuar, ya ha realizado un gran progreso sobre sí mismo. Muy a menudo, se ven casos de niños tímidos que tartamudean o que directamente no hablan, pero que sí lo hacen detrás de la cortina del teatrino, que desempeña un papel protector. Lo que no podía decirse puede ser dicho a través del títere. «No soy yo quien lo dice, es el títere» se convierte entonces, en un fenómeno verdaderamente liberador. A veces, las palabras «no llegan» y el niño expresa su sufrimiento a través del lenguaje gestual. Suele ocurrir con niños maltratados, víctimas de abusos sexuales o en casos de víctimas de guerra. A menudo, esas pequeñas víctimas se creen culpables y justamente castigadas por errores imaginarios. Su sufrimiento, sus miedos son demasiado profundos para expresarlos con palabras. En este aspecto, los ortofonistas utilizan cada vez más los títeres de tipo muppetsll (bocas móviles) para ayudar a los niños que tienen problemas de pronunciación y dificultades de lenguaje. Una constatación casi general: un niño tartamudo no tartamudea detrás de la cortina del teatrillo.
El teatro de títeres puede también ser utilizado en un programa educativo para advertir a los niños de los peligros de la vida cotidiana (en casa, en la calle, en el coche, lo que hay que hacer o no hay que hacer cuando ocurra un terremoto) o con un objetivo de profilaxis para comprender mejor y aceptar «obligaciones» del día a día en relación con la higiene de vida, como por ejemplo lavarse las manos, los pies, los dientes; aceptar ir a la consulta de un dentista… o en India, por ejemplo, la obligación de hervir el agua antes de consumirla.
El títere también se utiliza en las reuniones de personas con discapacidades físicas. Los mayores problemas que se encuentran en este tipo de reuniones son la manipulación y los desplazamientos y se trata de hacer que los títeres – especialmente hechos para este tipo de pacientes – puedan ser manipulados. Sobre todo en Estados Unidos se utiliza el títere en el medio hospitalario para educar al joven paciente sobre una enfermedad de larga duración (diabetes, asma) o con vistas a una próxima operación. Gracias al teatro de títeres puesto a su disposición en el hospital, el niño puede expresar su exasperación o la injusticia que siente por estar enfermo e, incluso, su miedo a morir en la operación y su esperanza de que se va a curar. En el marco de los cuidados individuales de carácter psiquiátrico, el títere permite otra forma de escuchar al paciente; la reunión con el terapeuta es a veces el único lugar en que el paciente (niño o adulto) tiene la posibilidad de expresarse libremente. Esta figura suele crear vínculos entre los terapeutas y los enfermos, casos de complicidad y de descubrimiento del otro y es, a veces, el motivo de transferencia o de contratransferencia que hay que gestionar. En todos los casos, cambia la idea que se tenía de los enfermos, creada casi siempre a partir de prejuicios. Se solicitan muchos titiriteros, además de psicólogos, para devolver las ganas de aprender y la confianza en uno mismo a través del teatro de títeres, con representaciones espontáneas desde detrás del teatrino. Las actuaciones se graban y entonces se puede pasar a la escritura del guión, al trabajo de memorización. Esta práctica se lleva a cabo en residencias para personas mayores.
Titiriteros profesionales y educadores también utilizan cada vez más a menudo el teatro de títeres en centros penitenciarios. Se han llevado a cabo varias experiencias en prisiones de Inglaterra, Sudáfrica y México. Actualmente, en Francia existen talleres de títeres en funcionamiento en cárceles como las de la Santé o la de Fleury-Mérogis.
Finalmente, parece que el títere es capaz de concentrar sobre sí mismo una gran parte de pulsiones que atraviesan la sociedad porque permiten socializar las pulsiones individuales y «representarlas» en un grupo o delante de un público. Tanto si se trata de deseos o de frustraciones que se consideran «normales», como si se trata de comportamientos transgresivos o de estados patológicos, el títere, la figura inanimada, constituye un intermediario sin peligros. Crea una distancia con la realidad y permite aliviar su rabia, matar a su agresor, saldar su deuda con la sociedad.

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