La existencia de títeres en el antiguo Egipto, época de los faraones, queda demostrada, por una parte, por varias obras que se conservan en el museo nacional egipcio y en el museo del Louvre, en París, y, por otra, por textos antiguos, tanto egipcios como griegos. Sin embargo, cuando decimos “títeres”, no nos referimos al sentido moderno de los objetos manipulados que tienen como función el entretenimiento. Estos muñecos, a veces articulados, eran juguetes dedicados a los niños, a menudo con carácter funerario y se han encontrado en tumbas. También han aparecido pequeñas figuras funerarias de madera que representaban a momias dentro de los ataúdes. Heródoto (II, 78) y Plutarco (El banquete) describen objetos parecidos e indican que se hacían pasar de persona en persona cuando terminaba un banquete invitando a la diversión y a reflexionar sobre la muerte. Por otro lado, las estatuas móviles tenían un papel importante en las ceremonias religiosas. La célebre estatua de Zeus-Amon daba sus oráculos (en el desierto, actual oasis de Siwa) después de haber sido llevada en procesión por unos sacerdotes a quienes indicaba el camino mediante movimientos de cabeza. Se utilizaban títeres en los rituales que trataban sobre temas sexuales, tales como la fertilidad o el parto. Heródoto describe las fiestas de Osiris donde las mujeres paseaban “pequeñas estatuas articuladas de un codo más o menos que se manipulan con cuerdas y, así, el miembro viril, el cual es apenas más pequeño que el resto del cuerpo, se mueve” (II, 48).

Títeres, sombras y el Islam.

Con la introducción del Islam en Egipto, las imágenes, estatuas, títeres y todo aquello en relación con los fetiches de la época preislámica fueron prohibidos. Sin embargo, estas medidas se atenuaron con la expansión del imperio musulmán y la diversidad de modos de celebración, lo que benefició por primera vez a los títeres (como representaciones teatrales indirectas), ya que los actores de carne y hueso no eran muy apreciados.

El chiísmo se introdujo en el Egipto suní durante el imperio fatimí. Este nuevo culto, en el que los ritos, las celebraciones y las fiestas se practicaban de manera bulliciosa, adquirió en el país un carácter particular, inspirado en el patrimonio cultural de Egipto. El rigor contra las artes plásticas había disminuido mucho. Es a este periodo, el siglo X, al que la mayor parte de los investigadores hacen remontar la aparición del teatro de sombras en Egipto.

Este tipo de teatro se vio sumamente marcado por los textos de Ibn Daniel (siglo XIII), que se consideran las obras de teatro escritas más antiguas en lengua árabe. Por otra parte, existen muchos otros textos descubiertos por los orientalistas, que también han encontrado un gran número de títeres que se conservan en los museos egipcios y europeos.

En cuanto a la técnica, el teatro de sombras egipcio utilizaba la de la sombra y la luz, sin recurrir a los colores, al contrario que el teatro de sombras asiático. Los títeres se hacían con cuero de camello rígido, medían un pie aproximadamente y contenían articulaciones y agujeros por los que el titiritero introducía un bastón para animarlos.

En cuanto al Aragoz egipcio –cuya etimología no es otra que una alteración popular de la palabra turca Karageus (véase Karagöz)– era prácticamente la imagen popular nacional del bufón representado por un títere (de guante) enano, con gorro rojo puntiagudo y una voz extravagante que recuerda vagamente a la imagen del dios enano (Bes).

Y, si bien hoy el teatro de sombras ha desaparecido completamente de la vida egipcia, es posible encontrar alguna representación de Aragoz (de guante) durante las fiestas religiosas y populares.

Títeres modernos

La década de 1950 conoció las primeras manifestaciones del teatro de títeres moderno que, aunque inspirado esencialmente en el teatro de títeres europeo (sobre todo a nivel de la técnica), intentaba mantener las distancias empapándose de cultura y de mentalidad egipcias (mediante los temas tratados, los personajes, etc.).

En 1957, el gobierno egipcio fundó la primera compañía de títeres de guante. La cual montó un repertorio de siete espectáculos compuesto por obras de teatro y de sketches producidos por Ahmad Amer. Muchos autores han escrito para esta compañía, como por ejemplo Mahmoud Ahmad (La creencia, inspirada en los Miserables de Victor Hugo), Abed El-Mou’ti Hijazi y Zaccharia El-Hijawi. Todas ellas eran representaciones rudimentarias y pobres en cuanto a la técnica.

En 1958, se produjo el primer encuentro entre los egipcios y el teatro de títeres europeo moderno gracias a la visita de compañías rumanas y checas. Dos artistas de la compañía rumana, Johanna Konnstantiniscu y Tana Siscu, se quedaron en El Cairo para formar a los artistas egipcios en el arte de la concepción y de la manipulación de títeres.

En 1959, las tablas del Conservatorio de música árabe presenciaron la primera representación del Teatro de títeres del Cairo, Al Chater Hassan, inspirada en una de las historias populares más famosas para niños escrita por Salah Jahine. Los títeres y la decoración fueron creados por Naji Chaker.

En 1960, el director Salah Al-Saqa, el escritor Salah Jahine y el compositor Sayyed Makkaoui unieron sus talentos para presentar el espectáculo de títeres egipcio más famoso hasta hoy en día, la Opérette de la grande nuit (la Opereta de la gran noche). Salah Jahine se inspiró en las tradiciones festivas y populares egipcias: la “gran noche” es, en efecto, aquella que precede al nacimiento de un santo musulmán. Consiguió utilizar muchos personajes populares egipcios (el regente, el cantor popular, el payaso, el campesino, el mercader ambulante), lo que permitió crear al artista Naji Chaker nuevos modelos de marionetas de hilos. El hilo conductor de la obra es una historia simple, la de una madre que pierde a su hijo entre la multitud de la “gran noche”.

Egipto conoció entonces un fenómeno a la vez curioso e interesante: la orientación hacia la escritura de espectáculos de títeres por parte de los grandes poetas populares; recordemos que dichos espectáculos eran sobre todo musicales. De esta forma, después de Salah Jahine, Bayram El-Tousini escribió obras para títeres como Bint el-sultan (La hija del sultán) o Al-Dik el-Ajib (El gallo encantado), cuya música fue compuesta por Paul Armoziscu.

El gobierno egipcio financió el teatro de títeres y contribuyó a su desarrollo enviando varios artistas al extranjero para estudiar el arte del títere: Salah Al-Saqa (dirección, Rumania), Ibrahim Salem, Mustapha Kamel, Ahmad El Matini y Kariman Fehmi (escenografía, Checoslovaquia). Pero el interés fue disminuyendo progresivamente hasta que desapareció por completo de la agenda oficial.

Las estadísticas oficiales del Ministerio de Cultura corroboran este declive. Entre 1990 y 2000, el Teatro de títeres de El Cairo presentó veintidós nuevos espectáculos y retomó treinta y un espectáculos de su repertorio, lo que demuestra la supremacía de los espectáculos del antiguo repertorio. Además, los nuevos espectáculos se inspiran en aquel mismo repertorio, ya sea en la elección de temas o en el diseño de títeres.

El teatro de títeres se enfrenta hoy en día a problemas idénticos a los de las otras artes de espectáculo viviente: el público es limitado, los artistas prefieren los medios de comunicación más modernos y la sociedad contemporánea no muestra un gran interés por el teatro de títeres. Este género continúa considerándose un espectáculo para niños y las críticas no están por la labor de interesarse y de analizar los espectáculos de títeres.

Bibliografía

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