También Natividad, Belén, pasito, portal, o pesebre.
Dos son los evangelistas que hablan sobre el nacimiento de Cristo: Mateo lo sitúa en casa de José, en Belén (1,24 y 2,1), y posteriormente cuenta la visita de los Reyes Magos, la huida de Egipto y la masacre de los Inocentes; Lucas no precisa el lugar de nacimiento, menciona la cuna o el pesebre de los animales, donde reposa el niño y narra la visita de los pastores (2,1-21). En tradiciones posteriores, registradas en los evangelios apócrifos, se ha intentado enriquecer y armonizar estos datos. Progresivamente aparecieron interpretaciones simbólicas de los personajes presentes en la escena (los Reyes Magos, los pastores). Se han encontrado escenas sobre la Natividad o Nacimiento en los muros de las catacumbas de Roma que datan del siglo II en adelante. A partir del siglo IV, se convirtió en tema predilecto del arte religioso. En 337, el papa Julio I estableció el 25 de diciembre como el día en el que nació Jesús.

El nacimiento de los belenes animados

Al papa Liberio (352-366) le debemos la construcción de una «techumbre», puesta simplemente sobre unos troncos de árbol, que reproducía un establo delante del altar en el que se celebraba la misa del 24 de diciembre en la iglesia romana de Santa María ad Praesepem (Santa María la Mayor). La palabra latina praesepes o praesepium (prae- y saepire = cerrar delante) indica un lugar cerrado y, en particular, un pesebre para los animales. La tradición nos cuenta que el primer belén se realizó en 1025 en Nápoles en la iglesia de Santa María ad Praesepe (cerca de la plaza de San Domenico Maggiore), donde se pusieron unas estatuas de madera que reproducían los personajes de la Natividad. La Iglesia prohibía la representación de dramas sagrados durante la misa, pero Francisco de Asís, a su vuelta de Tierra Santa, con el objetivo de reforzar la fe religiosa de los fieles, obtuvo, en 1223, el permiso del papa Honorio III para celebrar la misa de la Natividad con un decorado que recordara los paisajes reales en los que se había desarrollado la vida de Cristo. Y fue así como en Greccio, en una cueva natural y no en una iglesia, organizó una escena del Nacimiento con la participación de los hermanos del convento y de la gente del pueblo de todas las clases. La Sagrada Familia estuvo ausente de aquella piadosa representación naturalista, pero a los dos lados del pesebre había un buey y una mula reales, símbolos respectivos del pueblo judío y de los paganos, según la interpretación que hizo Orígenes de un pasaje del libro de Isaías («El buey conoce a su dueño. Y la mula, el pesebre de su amo» Isaías 1,3). Para algunos historiadores, la tradición de los belenes con personajes vivos o con títeres animados sigue a aquella celebración. También han existido muchos belenes figurados, en bajo relieve o volumen, y el más conocido es el esculpido en madera por Arnolfo di Cambio (alrededor de 1290) que aún puede visitarse en la iglesia de Santa María la Mayor, en Roma, con estatuas de tamaño natural de los Reyes Magos, de José, del buey y de la mula. Hasta mediados del siglo XV, los artistas hacían sus estatuas, las colocaban delante de un fondo pintado y exponían todo ello en las iglesias durante el periodo de la Navidad. Este tipo de belén persiste hoy en día en la tradición con una gran riqueza de variantes: en el siglo XVIII, el arte del belén napolitano llegó a su culminación, con conjuntos monumentales que reproducían escenas de la vida cotidiana, con minuciosidad naturalista y una gran profusión de materiales preciosos. Para reforzar la ilusión realista, a veces, las estatuillas del belén eran mecánicas; la primera prueba de esto data de 1300 en la catedral de Barcelona, donde se instaló un pesebre de orfebrería de gran valor que se puso sobre el altar mayor durante los días de Navidad. También se conocen otros belenes mecánicos: las obras napolitanas del siglo XVIII, muy elaboradas, con sus estatuillas móviles (pastori) de brazos y piernas articulados han continuado siendo muy famosas; en Alemania, Hans Schlottheim construyó un belén (además de sus famosos autómatas como los de la Nave de Carlos V) para el rey Christian I de Sajonia, en 1588; y, en el siglo XVIII, en Austria, algunos belenes contenían engranajes muy sofisticados. Además, tenemos los belenes de Christkindl (1708), el de los jardines de Hellbrunn (en el que las estatuillas se movían con un mecanismo de agua), o los de Steyr, con sus cuatrocientos títeres mecánicos animados en un cuadro suntuoso (véase ). La combinación entre el mensaje religioso y la representación, a menudo satírica, de la vida cotidiana era uno de los rasgos característicos de estos espectáculos y esta tendencia terminó por provocar el recelo de las jerarquías eclesiásticas.

Del retablo a los tablados

El concilio de Trento puso fin a todos estos desbordamientos profanos prohibiendo los espectáculos durante los oficios sagrados. En consecuencia, los belenes se representaron en la calle, con títeres, y se difundieron en todos los países católicos, convirtiéndose en una parte importante del repertorio tradicional del teatro de títeres. Algunas historias relacionan el origen del belén animado con la evolución del retablo eclesiástico (en España la palabra retablo indica tanto el teatro de títeres como el retablo del altar). La filiación entre el belén y el “retablo” eclesiástico sería particularmente visible en la [lier]szopka polaca, en el vertep o belén ucraniano, con sus distintas variantes regionales: la batleïka en Bielorrusia (véase Bielorrusia) y el džafkuline de Lendak, en Eslovaquia, cuyos orígenes se remontan a la Edad Media y que ha sido representado hasta los años 1950. Este último nombre, de sonoridades extrañas, parece que está influenciado por el lenguaje de los gitanos y, de hecho, el personaje típico de la Natividad, džafkuline, es precisamente gitano. Además, en Eslovaquia, las piezas de Belén son títeres de madera que se mueven en una pequeña casa que recuerda a una iglesia. Parecido a la szopka y al vertep, el harzob, en Rumanía, es una especie de baúl acristalado donde los títeres de guante, bajo la forma de animales, comentan con humor los problemas sociales de la actualidad. Estos espectáculos consiguieron un enorme éxito en el siglo XIX como se puede ver en los centenares de solicitudes de autorización conservadas, dirigidas a la policía por los titiriteros. En Francia, el belén más importante, después del de Lyon, es el de Besanzón, el cual representaba el Nacimiento con títeres y a veces con sombras. Además del sermón, se hacía una procesión de más de trescientos personajes fijados sobre una tablilla que se deslizaban de una parte a la otra del escenario o que se hacían girar sobre sí mismos. Barbizier, el protagonista, es el símbolo de la independencia de espíritu frente a los abusos del poder y los adoctrinamientos contra los que no cesa de enfrentarse en su dialecto popular. El belén de Besanzón, prohibido durante la Revolución, se retomó, pero ya, más que como instrumento de crítica social, como un espectáculo para niños que podemos ver incluso hoy en día. A principios del siglo XIX, con esas figuras típicas y variadas que representaban el día a día y los temas locales, se fijaron los rasgos etnográficos del belén provenzal. Sin duda, tras los belenes de títeres llamados «parlantes», que desaparecieron en 1793, tras la Revolución francesa, con el cierre de las iglesias, pero que reaparecieron después del Concordato (1803), estos belenes animados utilizaban títeres de varillas sujetos sobre una peana y manipulados sobre pistas correderas situadas bajo una plataforma. Más tarde, fueron perfeccionados con la ayuda de un mecanismo introducido en el cuerpo del títere. Los espectáculos de estos belenes públicos, que mezclaban los temas cómicos y religiosos de las pastorales, se mantuvieron hasta principios del siglo XX en Marsella, en Aix y en Tolón. En la península ibérica, la ciudad de Alcoy representa todavía, entre la Navidad y la Epifanía, el Belén de Tirisiti, cuya primera actuación conocida data de 1870, y se presenta bajo la forma de un único decorado para un espacio dramático formado por tres escenarios entre los cuales se mueven pequeños títeres manipulados desde abajo del tablado. En Cádiz, el teatro de Tía Norica retomó, a partir de 1984, la tradición del belén que se remonta a principios del siglo XIX. El ciclo de este Nacimiento, representado con las técnicas del títere de peana y de hilos, se basa en antiguos textos de autos readaptados, como El Nacimiento del Mesías. En Portugal, los bonecos de Santo Aleixo, que se remontan a mediados del siglo XIX, también han sido recuperadosa partir de 1984, junto a otro Nacimiento, que deriva de una misma tradición mediterránea de títeres à tringle: los Bonecos de Santo Aleixo, de Evora, también comienzan su espectáculo con un misterio del Nascimento do Menino (El nacimiento del niño Jesús). Sicilia también presenta un patrimonio cultural arraigado, tanto popular como erudito, ligado a la Natividad. Historias de éxito como la Nascita del Bambino o la Natività, derivado de la Nascita del verbo incarnato (El nacimiento del verbo encarnado), podían reemplazar, durante las fiestas de Navidad, los temas caballerescos habituales de los pupi armati.
En Bélgica, se representa Li Naissance en los «bètièmes» (en francés, contracción de Bethléem, Belén) de muchas ciudades del país. En Lieja, a finales del siglo XIX, mientras que se velaba en familia hasta la mañana de Navidad, ya estaba establecida la costumbre de asistir a una representación de Li Nêssance. Cada director de teatro cambiaba la decoración y los trajes (sobre todo los de los Reyes Magos que rivalizaban por su esplendor) para honrar al Niño «venido al mundo sobre paja». El titiritero actuaba a su manera «según los Evangelios», introduciendo entre los pastores a su pequeña familia teatral, con Tchantchès et Nanèsse a la cabeza. Tras unos cuantos días representando el pesebre, seguidos de la matanza de los Inocentes, se presentaba la Sagrada Familia en Egipto. Las representaciones que empezaban por la tarde se encadenaban hasta la misa del gallo. Esta práctica se debilitó entre las dos guerras a medida que los pequeños teatros cerraban. Tan solo Denis Bisscheroux continuó hasta la Navidad de 1960. A partir de 1974, el teatro Al Botroûle reanudó la tradición representando un espectáculo escrito en dos partes por Jacques Ancion: Li Nêssance, en época de Navidad, y Les Miracles de la fuite en Égypte (Los milagros de la huida de Egipto), representados después de la Epifanía. Podían encontrarse Natividades de este tipo en Bruselas, Amberes, Gante, Tournai, Mons (donde los juegos de sombras estaban asociados al «bètième») y en Francia, en el norte, en Lille y en Roubaix. También hay que mencionar el Belén de Verviers, un pequeño teatro de títeres comparable al belén del Tirisiti español y que se representó a partir de principios del siglo XIX.
La tradición del belén con títeres mezcla lo sagrado y lo profano, y en ella se representan preferentemente los episodios apócrifos o los que parecen ser más fáciles a la hora de la improvisación. Sin embargo, algunas tradiciones llevan más lejos la ruptura de la estructura dramática y de los códigos, y minimizan el tema del misterio hasta el punto de anularlo por completo. Por ejemplo, Niza posee un présèpi, sin equivalente, desprovisto de personajes sagrados; aunque se dialogue en nizardo sobre el nacimiento de Jesús, a través de sencillos marottes, los tradicionales mariotes. Del mismo modo, en la segunda parte del jocul papusilor del belén rumano, se imponen los números basados en el encuentro cómico entre diferentes grupos étnicos, y ésta ha sobrevivido a la parte sagrada, convirtiéndose en un espectáculo autónomo extremadamente satírico desde un punto de vista político y religioso. Se pueden ver formas dramáticas intermedias en las representaciones checas del belén (jesle o gesle). Éstas, constituidas por varias piezas que presentan a personajes familiares, no tenían ningún vínculo con la Natividad y funcionaban de manera autónoma. Son muchas las formas de representación de la Natividad, en diferentes grados de desarrollo, a lo largo del mundo. La misión pedagógica y espiritual de algunas órdenes religiosas ha favorecido el nacimiento de representaciones, en todos los continentes, en las que la fuerza dramática proviene a menudo de su sincretismo. Los belenes, con sus particularidades locales, están muy difundidos en México y en la mayor parte de los países de América Latina. Los personajes autóctonos se mueven alrededor de volcanes que echan fuego o de majestuosas cascadas, todo ello animado por un mecanismo rudimentario. Indonesia también ha conocido Natividades representadas en el teatro de sombras. Formaban parte de los espectáculos de wayang kulit wahyu creados en Solo (hoy en día Surakarta) y en Java alrededor de la década de 1960 a fin de mostrar episodios del Antiguo o Nuevo Testamento. En Pekín, en 1938, la famosa compañía de sombras Qing Min Sheng representó algunas partes sacadas de la Biblia. El teatro contemporáneo de títeres se ha inspirado también en el tema de la Natividad, a veces en una línea experimental, como el Bread and Puppet Theater. En Ucrania, en Lutsk, a partir de 1993, tiene lugar un Festival internacional del misterio de la Natividad en el teatro de títeres.

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