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Ritos y rituales

País

Desde sus orígenes, el títere fue utilizado en numerosos ritos. Incluso las religiones monoteístas, que han tenido que luchar contra “la idolatría”, han retomado o conservado las prácticas que existían en los antiguos cultos. En los pueblos amerindios, se han encontrado diversas estatuillas rituales, algunas de ellas articuladas; pero es, sobre todo, en los grandes ritos asiáticos y africanos, donde los títeres están más presentes y llenos de enseñanzas.

El culto a los ancestros y el mito de los orígenes

Es probable que los rituales más antiguos que utilizaron títeres hayan estado ligados al culto a los ancestros y a los muertos. Según numerosos investigadores (en particular sobre el arte del títere asiático, Willem H. Rassers, Rinnie Tang y Jacques Pimpaneau), esos rituales dieron nacimiento progresivamente al teatro de títeres, como ilustra por ejemplo el wayang purwa indonesio. En el sur de Nigeria, entre los ibibio, un mito relaciona al títere con el mundo subterráneo de los muertos y de los ancestros. Un hombre llamado Akpan Etuk Uyo consiguió llegar a ese mundo y regresar con títeres, a imagen del Prometeo de los griegos, que llevó el fuego a los hombres. Según otro mito nigeriano, algunas escenas interpretadas con dos títeres provienen de Obio Iban Iban, pueblo de mujeres magas, que se los habrían transmitido a un hombre. A este respecto, en algunas culturas africanas, el hecho mítico de permitir que las mujeres, como los hombres, fabriquen títeres parece dar fe de un antiguo conflicto entre los sexos: un mito sobre la génesis de la humanidad cuenta que las mujeres, bajo la dirección de la Mujer-Luna y poderosa bruja Kra, se pusieron a aterrorizar a los hombres utilizando su poder femenino para transformarse en “espíritus” representados por las máscaras que ellas fabricaban. Pero un día, el esposo de Kra, el Hombre-Sol, llamado Kran, descubrió su secreto y se lo reveló a todos los hombres, que, en su furor, masacraron entonces a todas las mujeres, a excepción de las niñas. Desde entonces organizaron ceremonias secretas con máscaras y rituales con la intención de aterrorizar a su vez a sus perseguidoras. También en África, la creación de títeres animados halla su origen en el culto a los ancestros reconocidos como protectores. Progresivamente, esas figuras se transformaron en “espíritus buenos”. Así, los beti de Camerún utilizan títeres durante el melan, rito iniciático destinado a asegurar la bendición de los difuntos y el enriquecimiento de cada uno. Para entrar en contacto con esos ancestros, los dignatarios encargados del melan practican la manipulación directa de las reliquias, la animación de figuras de madera (efigies y títeres) y la ingesta de drogas alucinógenas. En Costa de Marfil, entre los senufo, la organización iniciática poro posee grandes estatuas (entre 95 y 150 centímetros) de carácter sagrado cuyo nombre es déblé. Conservadas en un lugar secreto, esas efigies representan a la pareja original, los personajes míticos y los muertos de ambos sexos. Durante los funerales de una persona importante (pero también con motivo de la iniciación), las déblé abandonan su escondite y avanzan lentamente por el último camino terrestre del muerto. Esa marcha hacia el más allá es acompañada de tambores, de sonajeros, de trompetas de madera y de cantos. Golpeando rítmicamente el suelo, las pesadas bases de las estatuas apisonan y allanan ese último recorrido, ayudando así al difunto a abandonar el mundo de los vivos.
El culto a los ancestros también está muy arraigado en Melanesia. El rito nevimbur en la isla de Malekula, en Vanuatu (antiguas Nuevas Hébridas), tal y como fue descrito a comienzos del siglo xx, estaba totalmente dramatizado. El nevimbur estaba dividido en dos partes que se representaban en dos momentos separados por varias semanas. Se confeccionaban unos maniquíes de estatura humana (rambaramp) para representar las figuras principales (Mansip, héroe mítico, sus mujeres y sus adversarios) rodeados de otros títeres más o menos elaborados hechos de bambú, de hojas y vestidos con ropa. En la primera parte del ritual, se destruían cuatro títeres para permitir que los nuevos espíritus nacieran, mientras que en la segunda parte le tocaba a Mansip ser quemado y después al resto de maniquíes. Ese tipo de efigie muy realista y de gran tamaño se utilizaba asimismo en los ritos funerarios como “doble” del difunto.

Los ritos funerarios y el culto a los muertos

En algunas regiones, los africanos utilizan los títeres en sus ceremonias funerarias dándoles, en ocasiones, una forma inesperada. Así, entre los bembe de la República del Congo, existen las trompas de madera llamadas nsiba, cuya apariencia es humana. Esos “títeres” musicales representan una familia nuclear: el padre (mampongui-nguembo o ngweri), la madre (nsoni-bungu o tsoni), la hija (lembe-nsoni o kingungulu) y el hijo (mpandi-nsoni). Del mismo modo, entre los bwende de la República Democrática del Congo (antiguamente Zaire), con motivo de la muerte de un jefe tradicional, se confía a un especialista la confección de un niombo (cadáver, cuerpo), gigantesco maniquí mortuorio de tela que representa y contiene el cuerpo del difunto. El ritual particular reservado a esa circunstancia debe permitir al muerto abandonar en paz la comunidad local que asiste en pleno a su entierro. Mantenido de pie y animado por sus portadores, el niombo baila, gasta bromas y, rodeado por sus mujeres, pasea por el pueblo visitando por última vez sus lugares favoritos antes de llegar al cementerio. Cuando llega a la tumba (cavada antes), se dispara un fusil varias veces. A continuación, los hombres empujan el niombo al interior del agujero, y en el momento en que toca el fondo, todos los participantes del cortejo saltan en el aire y lanzan un gran grito. El final de la ceremonia se dedica a los cantos y a los juegos. En diversas ceremonias funerarias, el títere representa el doble del difunto. Entre los Toradja del sur de Célebes (Indonesia), el títere que representa al muerto acompaña el cuerpo durante la ceremonia de inhumación. Los Toradja disponen primero sus muertos en una posición sentada durante un largo período antes de que el cuerpo sea llevado a la tumba durante un ritual. Se utilizan diversas efigies en función del rango y de la región del muerto. Si se trata de una persona noble, se confecciona un títere llamado tau-tau para utilizarlo durante la ceremonia funeraria final que a menudo tiene lugar varios meses después del fallecimiento. A este respecto, también podemos mencionar una antigua costumbre china según la cual se fabricaban títeres de figura humana que eran transportados a la cabeza de una procesión funeraria durante el entierro de un mandarín de alto rango. Se trataba de montajes muy ligeros, hechos de láminas de bambú y recubiertos, principalmente, de un papel rojo. Los títeres se quemaban delante de la tumba.
Entre los indios luiseño, en California del Sur, hasta los años 1930 o 1940, se utilizaba el títere que representaba al muerto en las ceremonias conmemorativas un año después del fallecimiento de la persona. Los títeres (en efecto, la ceremonia concernía la mayoría de las veces a varios muertos) se fabricaban a escondidas con cañas, y las cabezas, de un material brillante, se recubrían de cabellos pegados, mientras que las caras se pintaban de manera que se parecieran a las de los difuntos. Finalmente, los títeres se vestían con ropa de fiesta y se llevaban en procesión hasta el lugar sagrado para quemarlos allí. Durante la cremación de los muñecos, se practicaba una danza sagrada al lado del fuego, y mediante ese ritual, la persona representada por el títere moría una segunda vez. En efecto, los luiseño quemaban los cuerpos justo después de la muerte, y la ceremonia conmemorativa era una réplica ritualista cuyo objetivo era la partida definitiva del muerto al mundo de sus ancestros, que así habían tenido tiempo de “prepararse” para acogerlo. El títere juega aquí un papel esencial para recordar la presencia del muerto, necesaria para que el ritual dé sus frutos. Existen costumbres similares también en otras partes del mundo: entre los bassar del norte de Togo, durante la conmemoración que tiene lugar tras el fallecimiento de una mujer; en los segundos funerales la “muerta” es conducida por su familia política hacia la residencia de su padre en una ceremonia especial. Para esta ocasión se fabrica un figurín hecho de fibras de rafia retorcidas, llamadounil (persona humana) y que representa a la difunta. Otro ejemplo de títere que representa al muerto durante una ceremonia conmemorativa proviene de los newar, pueblo hinduista/budista de Nepal. Esa etnia cree que el alma solo puede entrar en el mundo de los muertos el día de Gai-Jatra (fiesta de la vaca), una vez al año, el primer día del mes de bhadra. Las vacas ayudan a las almas de los muertos a atravesar el río Baitarni, etapa que permite juzgar los vicios y las virtudes del muerto y abre el camino al más allá. Para representar a los adultos fallecidos, las familias preparan entonces el tahamaca. Después de una nueva ceremonia de despedida, ese títere es exhibido durante la procesión en presencia de toda la comunidad, rodeado de vacas que deben ayudarlo a llegar al mundo de los muertos, y después es arrojado al río.
Los muertos también pueden ser representados por máscaras antropomorfas y animadas que cumplen la misma función que el títere. Entre los pueblos melanesios, entre los asmat de Papúa Occidental (Indonesia), las máscaras encierran las almas de los muertos durante la fiesta Je-ti, que se organiza a intervalos variables para renovar el orden cósmico. Durante la última parte de esa fiesta, el alma debe liberarse de la existencia pasajera. Los hombres confeccionan las partes principales (la cabeza, los hombros y el torso) de un disfraz. Cada máscara, llamada doroe, recibe el nombre del muerto al que representa. Se le añaden mangas y faldones hechos de pedazos de hojas de sagú. El disfraz entero pesa alrededor de treinta kilos. El jefe religioso identifica a los muertos en las máscaras y los padres los reciben. A partir de ese día, las doroe permanecen en el pueblo durante algún tiempo. “Pasean” por el pueblo, “aceptan” manjares y “descansan” en las casas construidas especialmente para esas festividades. Pero después de algunas semanas de una vida poco pródiga, los habitantes empiezan a cansarse de las peticiones constantes y nuevas de las almas de los difuntos. Entonces se marca el final de la fiesta mediante la ejecución ritual del doroe.
Los títeres también pueden jugar un papel importante en el momento de la muerte de gemelos. Entre los pueblos que viven en las costas de la bahía de Benín, los gemelos son particularmente reverenciados. Si uno de los dos muere, es remplazado por una estatuilla de madera. Esa imagen del muerto se confía al superviviente y ese “títere”, igual que un niño vivo, es vestido, bañado, llevado y alimentado. Si el gemelo vivo abandona el domicilio familiar, se lleva a su “hermano fallecido” con él. Si los dos gemelos mueren, se esculpen dos figuras y se regalan a la madre, que se ocupa de ellos como si se tratara de sus hijos de carne y hueso para convertirse finalmente en objetos de culto.
También hay que mencionar el uso de relicarios. En Gabón, entre los fang, durante los ritos de iniciación y durante el culto rendido a los muertos, las partes superiores esculpidas del relicario (retratos simbólicos de ancestros conocidos bajo el nombre de biéri) que sobresalen de las cestas que contienen los cráneos y la osamenta ancestrales, son animados como títeres por encima de una cortina de fibras o de taparrabos tensos. Esas esculturas dan saltitos hacia atrás y realizan movimientos simples al son de una orquesta dirigida por un xilofonista. A veces, los rituales toman una forma naturalista o incluso macabra. Olenka Darkowska-Nidzgorski (Le Chant de l’oiseau. Théâtre de marionnettes, racines africaines El canto del pájaro. Teatro de títeres, raíces africanas) relata, a este respecto, el caso de ciertas tribus que animan cadáveres por una manipulación especial y escondida cuyo secreto no se ha desvelado todavía, dando la ilusión de que el muerto se abre camino por sí mismo hacia la tumba. Entre los mofu-gudur de Camerún, se efectúan operaciones sobre los huesos de los difuntos con el fin de manipular más fácilmente los cuerpos para dar la impresión de que todavía están vivos. Las investigaciones en la República de Benín (antiguamente Dahomey) y en Nigeria relatan también otros aspectos del culto a los muertos. Durante las ceremonias de la asociación Guelede (ver Benín), los participantes muestran todo tipo de títeres: sostenidos en la mano, situados sobre máscaras, instalados sobre teatrinos-tablas portátiles. El repertorio de esos muñecos frecuentemente se limita a un baile amoroso que conduce a un apareamiento. El vínculo entre ceremonia funeraria y acto sexual deriva de las creencias en la unidad de la vida y de la muerte que encontramos en numerosas culturas y sociedades, donde la iniciación a la vida adulta (y por lo tanto sexual) incluye la experiencia de la muerte. En efecto, hay que morir para convertirse en un nuevo hombre y, a este respecto, el estado de muerte se expresa a menudo con movimientos que imitan a los de los títeres. Podemos suponer que ese rito del paso, de la muerte a la vida, se dividió gradualmente en dos ritos separados y que especialmente, después del ritual del nacimiento, el rito de la fertilidad tomó una importancia creciente, en el sentido más amplio.

Los ritos de fertilidad

Si el rito del paso tiene un carácter simbólico muy marcado, el rito de fertilidad tiene un objetivo muy preciso y deben seguirle efectos muy reales para asegurar la existencia futura de la tribu. Sin embargo, las sociedades llamadas “primitivas” no hacían tales distinciones. Los orígenes de sus rituales se olvidaban a menudo aunque el objetivo sagrado y pragmático siguiera siendo el mismo.
Los temas sexuales aparecen en numerosos rituales a menudo y por diversas razones. Los ritos de fertilidad obedecen a un pensamiento mágico analógico: se trata de obtener de la naturaleza y de los poderes sobrenaturales la mejor cosecha posible. Algunas tribus estaban convencidas de que la copulación tenía un efecto sobre la germinación de los granos. Así, los pipiles de Centroamérica designaban a una pareja encargada de llevar a cabo el acto sexual en el momento en que se arrojaba la primera semilla. En África, los titiriteros ponen en escena el acto sexual en su forma más simple y directa, por medio de una pareja de títeres que bailan sobre un pequeño cordel fijado a sus pies abiertos (ver títeres de pie). Generalmente hechos de madera y de rafia, a menudo provistos de impresionantes órganos genitales rodeados de un vellón de pelos, esos pequeños títeres bailadores encajan sus sexos en una colisión final. Ese espectáculo era muy popular en numerosos países, especialmente en Burkina Faso, Camerún, Uganda, Gabón, República Democrática del Congo, Ruanda y Sudáfrica; también se conocen ejemplos en Chad. Asimismo, hay que mencionar esa tradición de titiriteros hausa de Níger que sitúan delante de su teatrino (en forma de pequeña tienda de campaña), probablemente como guardianes de su espectáculo, varios títeres con grandes falos en erección. Del mismo modo, en el teatro de sombras de Andhra Pradesh en la India (tolu bommalatta), los grandes sexos de los bufones tenían por función desviar el mal de ojo. Los anang de Nigeria practican un rito de fertilidad en el que la animación de una estatua de madera totalmente articulada ocupa un lugar importante. Representa a una mujer de tamaño natural, vestida con prendas europeas y cuya cara recuerda a una máscara. Su tronco está cortado en dos y vaciado, lo que probablemente permite manipularla desde el interior, pues la dimensión del hueco es suficiente para introducir un niño. Esa curiosa escultura-títere lleva el nombre de Marmee Water (madre-eka-en-el-agua) y representa un espíritu femenino de fertilidad. Los anang creen que habita las colinas, los lugares santos y los ríos. Como su nombre indica, Marmee Water reside en el agua: los espectadores pueden reconocerla inmediatamente gracias a una pitón, su atributo, enrollada alrededor de su cuello, sus brazos y su cintura.
Encontramos la serpiente en otros rituales con títeres, por ejemplo con motivo de la iniciación al culto de Djo, el dios serpiente de los kuyu de la República del Congo. Para los indios hopi de Arizona, ese animal también representa la energía vital de la naturaleza en el ritual Palölöqangw, que se practica en presencia de bailarines kachinas. En el centro del espacio ritual se sitúa una gran pantalla (una especie de tienda de campaña) detrás de la cual los titiriteros escondidos animan con la ayuda de hilos los títeres-serpientes mientras se hacen las ofrendas. El hombre-medicina y los adivinos que participan en el rito utilizan asimismo figurines y títeres.

Los ritos de curación, de exorcismo y de adivinación

El empleo de títeres como medio de curación estaba extendido en numerosos países, en particular en México y en otras partes de Norteamérica. En África, por ejemplo entre los mitsogho de Gabón, algunos curanderos establecen su diagnóstico mediante una estatuilla interpuesta que ellos “escuchan” o “miran”.
En el continente africano, los títeres también se emplean con fines adivinatorios. Entre los pende de la República Democrática del Congo, el títere adivinatorio lleva el nombre de galukoshi. Situado sobre las rodillas del adivino, es puesto en marcha para designar al presunto culpable. En Costa de Marfil, las adivinas de la asociación Sandogo colocan sus estatuillas en el suelo, bailan alrededor de ellas y anuncian su veredicto. En dicho país, numerosas estatuas pertenecientes a los adivinos son políglotas y se mueven. En Burkina Faso, el adivino traza un dibujo sobre la arena, preparando así un espacio especial para acoger la danza de dos títeres de base circular, unidos por una cuerda que el adivino manipula con los dedos del pie. Durante la sesión, invoca ancestros, lugares y objetos sagrados. Con el fin de aportar una respuesta al problema planteado, los movimientos de los títeres son interpretados por el especialista, que recibe una recompensa. En Costa de Marfil, entre los senufo, se conoce un tipo de títere cubierto de rastros de sangre sagrada cuyos largos brazos articulados sirven probablemente para hechizar. Esa figura se llama kafiguélédio.
Utilizados en rituales mágicos, los africanos consideran los títeres como objetos poderosos, objetos fetiches dotados de una vida independiente y de poderes sobrenaturales. Son tabú para las personas no autorizadas, especialmente para las mujeres, los niños y los no iniciados: ver un títere sin tener derecho a ello puede acarrear la esterilidad, la enfermedad e incluso la muerte. Confiado a las sociedades secretas y a sus dignatarios, o a los especialistas que guardan celosamente sus recetas, el títere africano pertenece al más alto grado de misterio.
La situación es distinta en China. Los chinos pensaban, en efecto, que el títere, con sus ojos abiertos, era vulnerable y propenso a la influencia nefasta de los demonios. Por eso, el titiritero debía proteger sus títeres, guardándolos al abrigo en una caja especial recubierta de amuletos, y debía velar sus ojos con una tela sobre la cual se habían inscrito encantamientos mágicos. Los sacerdotes taoístas eran expertos en la fabricación de tales amuletos y los titiriteros colaboraban con ellos con este fin. En Asia, los títeres y los muñecos, particularmente en Japón durante el Período Heian, se utilizaban durante los grandes días de fiesta sintoísta, como el de la Gran Purificación. Se utilizaban muchísimo como instrumentos de magia, como muestra el ejemplo de los muñecos llamados katashiro, y en las “fiestas de los Chicos y de las Chicas”. También se encontraban, con sus significados eróticos, en los templos sintoístas.

Funciones rituales en la actualidad

Aunque ahora se utilizan en espectáculos de teatro popular, a veces muy elaborados, los títeres todavía cumplen funciones rituales. El teatro de sombras a menudo es representado en la India con motivo de fiestas que alaban a una divinidad particular, para provocar la lluvia o incluso para frenar una epidemia. En Indonesia, se puede dar el ejemplo de las costumbres en torno a la figura de Devi Sri, diosa del arroz, mientras que el wayang acompaña al individuo en todos los momentos importantes de su vida, del embarazo al nacimiento de un niño o durante un nombramiento a un puesto oficial importante (lo que también ocurre en China con la corta pieza llamada Reconciliación que se interpreta en esa ocasión), en el momento del matrimonio y en los funerales. Esos espectáculos también sirven para exorcizar los espíritus malignos, para prevenir una enfermedad, etc. Los indonesios utilizan el wayang para desviar los espíritus malignos de un individuo y los chinos recurren al teatro de títeres para purificar los edificios privados (casas individuales) o públicos (cine, oficinas) y eliminar los demonios de allí. En efecto, los chinos piensan que estos últimos tienen una existencia objetiva muy real fuera de los individuos. Por otra parte, independientemente de sus funciones rituales y sagradas, los numerosos espectáculos modernos permanecen, en el ámbito del hinduismo, presentando muy frecuentemente escenas de las famosas epopeyas del Mahâbhârata y del Râmâyana. En la India, los espectáculos más cercanos a un ritual son lo que se presentan durante las festividades en honor de la diosa Bhagavatî. Normalmente tienen lugar al lado del templo y son animados por un titiritero llamado pulavar, que domina bien las antiguas escrituras (los veda y los purâna) y que también dispone de su propia versión abreviada del Râmâyana, conocida bajo el nombre de Kamba-Râmâyana. Es asistido por un segundo sacerdote que dirige oraciones a la diosa antes del espectáculo. En Indonesia, como en otros países marcados por la “cultura del arroz”, los rituales relativos a esa planta mítica están ampliamente extendidos. Los espectáculos de sombras (en general el wayang purwa) acompañan los rituales del arroz con motivo de la purificación del pueblo la víspera de una recolección, para invocar la lluvia, antes de una cosecha o, sobre todo, para celebrar su final. En esas ocasiones, se representa el espectáculo Sri machapunggung, que cuenta las aventuras de Devi Sri, la diosa del arroz. El dalang, a la vez sacerdote, recitador, titiritero y jefe de orquesta, es responsable de la preparación del espectáculo. Invita a los participantes a hacer sus ofrendas a los ancestros, a los que dirige una oración para que aprueben el espectáculo, después inciensa el lugar de la ceremonia. El dalang garantiza así el carácter religioso de la representación. El espectáculo de poder religioso más manifiesto es el wayang ruwatan, que tiene lugar para prevenir los efectos de diversos acontecimientos nefastos que pueden ser tanto una descendencia juzgada insuficiente o decepcionante para la familia como la posesión de un individuo por un espíritu maligno. La función de exorcismo del ruwatan ha sido estudiada con atención por los investigadores europeos y americanos. Generalmente, el dalang interpreta en esa ocasión la pieza titulada Murwakala, el nacimiento Kala. La actuación concentra tal fuerza mágica que solo un dalang experimentado (cuyo padre ya esté muerto) puede encargarse de ella. Solo los iniciados pueden comprender la representación; los dioses aparecen con los rasgos de héroes tradicionales y también se presentan algunos elementos de la vida cotidiana.
En China, debido a antiguas supersticiones, existe la creencia generalizada de que un constructor malicioso ha podido insertar en una nueva edificación una fórmula mágica nefasta para la vida de sus habitantes y que podría provocar la presencia de uno o de varios demonios. De ahí la necesidad de purificar las casas recién construidas. Desde tiempos inmemoriales, se contrataba a los titiriteros para que representaran espectáculos que poseyeran esa energía purificadora. En una casa vacía, se presentaba habitualmente una pieza llamada Zhao Xuantan doma el tigre para expulsar ese demonio invisible, que abandonaba los lugares voluntariamente y para siempre por lo mucho que lo asustaba el espectáculo. Esa representación debía ser todavía más espantosa para purificar un templo o un teatro, y entonces la pieza que se escogía generalmente era El rey de los fantasmas elimina la mala influencia. El arte del títere de la región de Guangdong influyó en las prácticas rituales que encontramos todavía hoy en Taiwán. Uno de esos rituales tiene por objetivo otorgar a una familia o a una comunidad las gracias o los favores del Emperador de Jade o de otras divinidades. En el siglo xix, los títeres se utilizaban en rituales funerarios y de exorcismo, pero hoy en día también se usan con motivo de ceremonias de matrimonio. El títere principal se llama “jefe mariscal Tiandu”, considerado como el mejor intermediario entre el pueblo y los dioses. Esa figura es un chou, es decir, un payaso en la ópera china. Según una antigua creencia, siendo una figura cómica, ese títere tiene todos los recursos necesarios para cumplir su tarea. El mariscal Tiandu eleva sus oraciones mientras otro títere interpreta historias cortas, entre las cuales se encuentra una famosa Reunión que representa simbólicamente la felicidad conyugal. Todas esas representaciones sirven para establecer contactos con divinidades y tienen por objetivo obtener efectos definidos. Por otro lado, cuentan historias que no necesariamente tienen relación con la vida de las divinidades. Sin embargo, forman parte de un estadio intermedio entre el rito, que sirve para recordar la vida y los actos de una divinidad, y el teatro. En algunos casos, la devoción puede ser completada o reemplazada por súplicas con vistas a eliminar un peligro que amenaza la sociedad entera u obtener ayuda a favor de uno de sus miembros que padece una enfermedad o ha sido poseído por los espíritus malignos.
La historia del rito parece similar a la del mito. Está ampliamente admitido que la sociedad humana ha sabido crear nuevos mitos contemporáneos. Se puede decir lo mismo del rito. El ritual como método para evocar y realizar el mito se ha renovado sin cesar tomando nuevas formas adaptadas a las nuevas condiciones de vida. También se ha reanimado en el teatro, donde, bajo la influencia de Antonin Artaud, se han intentado reencontrar las fuentes y resucitar algunos valores espirituales, como en los movimientos de vanguardia encarnados por Jean-Louis Barrault, Peter Brook, Jerzy Grotowski, el Living Theatre y otros. En el teatro de títeres, pocas compañías retoman esa tradición: el Bread and Puppet Theater de Peter Schumann, sobre todo, utilizó formas ritualistas en sus espectáculos, algunos de los cuales estaban organizados como comuniones o cortejos. Uno de ellos se titulaba Domestic Resurrection Circus (Circo de resurrección doméstica), evocando el combate mitológico entre el Bien y el Mal, readaptado y transformado al mundo contemporáneo.

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